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Una vida puesta a la educación

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Podemos perdernos fácilmente entre los estragos de la vida moderna. Un constante ir aquí y allá que realmente no es necesario, sino que responde más bien a aquellas desenfrenadas angustias en las que nos vemos envueltos por la máquina del tiempo moderno. La máquina no está bien construida. Por ello, encontrar un espíritu que se oponga a las dinámicas actuales resulta cada vez más difícil. Formarlo, quizás aún más. Los colegios se han envuelto en ese aparato productivo que los hace responder a estándares de calidad que no representan el esfuerzo de lo que fue la invención de la escuela en los distintos albores de la modernidad. Los saberes se han especializado a tal punto, que resulta para el estudiante el aprendizaje y el conocimiento palabras tan ajenas a su realidad, que no logra entender fácilmente que nunca han estado desligadas de su ser. Necesitamos entonces personas que nos recuerden que debemos ser, y que para ello la reflexión académica es uno de esos necesarios pasos para lograr la libertad y la felicidad individual.

Desde pequeños, los niños llegan a su salón deseando encontrar en sus compañeros y maestras respuestas a aquellas preguntas que han venido haciéndose durante días, o quizás en el trayecto de la casa al colegio. Preguntarse por un arcoiris, una momia, el olimpo griego; como también la muerte, la vida, la amistad, en todo caso, todo aquello que hace parte de sus experiencias. Para ello olvidémonos de aquella idea según la cual los niños son sólo receptores y que por tanto habrá que construir espacios sólo para la recepción de aquello que viene de sus maestras; creando así el la idea de que la educación es únicamente instrucción y en ningún momento un espacio para la liberación.

Una vida puesta en la educación es una manera simple de describir a Federico García Posada. Tras ello, se esconde el anhelo por poner en el colegio la base de la formación de todo ser humano. Por ello, el espacio es indispensable para que el proyecto de la educación moderna pueda cumplirse. Conociendo cada uno de los árboles y los pájaros que por temporadas viven en ellos; un ambiente natural en medio del caso de la ciudad es desde los sensible uno de los aspectos que García Posada pensaba es la mejor manera de desarrollarse. Siéntase el lector mirando al colegio desde lo alto; no podrá entender qué significa el Instituto Jorge Robledo con sólo mirarlo; tampoco entenderá qué significó para el Colegio la presencia de Federico García por más de veinte años en la rectoría.

Entrar al colegio, oír a lo lejos el 1er Movimiento del Concierto N°1 para cello de Shostakovich que sale de una de las academias de Ballet más importantes de la ciudad para luego pasar por la alegría del Jardín y escuchar una pregunta de un niño entre distraído por el juego y el interés por saber quién era esa persona: -“¿Cierto que usted es el dueño del colegio?”. -“No…mira yo me llamo Federico. ¿Tú cómo te llamas?”. Una tranquila sonrisa que acompañaba el tono suave de voz fue convirtiéndose en el trato entre todos. La Escuela Activa entiende que la relación entre estudiantes y maestros no debe sobrepasar los límites de una fuerte moralidad. Si creemos, como mencionábamos arriba, que la escuela es un espacio para aristocracia, no hemos entendido que es más bien para la democracia. Así pues, hemos entendido que la invención de la escuela trajo consigo el papel de un maestro que no debe quedarse en el mero hecho de resolver las inquietudes de los estudiantes. La búsqueda de la verdad, aquella preocupación del rey filósofo de Platón, es trasladada ahora al maestro. Como la persona más culta de una sociedad, el profesor tiene como rasgo característico de su vida el orientar a los estudiantes no a una verdad absoluta cual monismo dieciochesco. Es fácil ponerse en la situación en donde el estudiante se vea rebajado ante esa absurda y vacía autoridad del profesor que no demuestra el más mínimo interés por el conocimiento como una vía para la realización del estudiante. Al contrario, el estudiante debe encontrar en el maestro, en la escuela, las condiciones necesarias para una formación que los haga ser absolutamente modernos.

Poco a poco el Colegio fue convirtiéndose en uno de los referentes nacionales en educación. No son sólo las cifras. Es la vida misma de los estudiantes que han pasado por el Instituto Jorge Robledo la que confirma que por más dispendioso, a veces doloroso, para otros innecesario camino de la educación, el resultado es gratificante. Para ello se necesitó de alguien que con su intensa reflexión sobre la educación, nuestro recordado Federico, se le diera un impulso al Instituto Jorge Robledo, de modo que, quienes recordarán, las dificultades del pasado ya son realmente del pasado. Ya vamos entonces desarrollando la máquina moderna inaugurada por Da Vinci, para quien “Si el aparato está bien construido… y si se hace girar rápidamente la hélice, se elevará muy alto en el aire”.